Muchas veces al escribir busco situaciones de la vida que se reflejen con esa que uno a veces vive, siente, piensa o simula. Esta vez, venía manejando y pensaba en algo que lo relacione (¿cuándo no?) con una situación bélica. Pero no con una guerra en sí, sino con los momentos previos que, quizá sin esperarlo, culminan con el inesperado enfrentamiento; con esa alteración al orden natural que venía reinando; con ese período entreguerras que tanto necesita nuestro cuerpo, mente y alma.
Uno siente que está tranquilo, que logró esa armonía perfecta con uno mismo, ese equilibrio entre las partes de un todo. ¿Hubo guerras en el pasado? Claro que sí. ¿Qué resultados obtuvimos? En algunas se pudo ganar, en otras no corrimos la misma suerte y sufrimos la posguerra, pero siempre salimos adelante (sino no estaríamos leyendo esto). Pero el resultado más importante fue lo que esos choques nos provocaron: el crecimiento, la madurez… el aprendizaje.
Después de esos combates, entonces, llega la calma. Es difícil encontrarla eh, pero es en el momento que se logra cuando te sentís completo en todos los aspectos. Que no necesitás de esas guerras internas para valorizarte, para estar bien, para disfrutar lo que vivís (‘Guerra’, se entiende, estoy llamando a esos momentos en los que la cabeza deja de pensar en singular y empieza a pensar en plural). Esos momentos donde realmente no existe ningún conflicto bélico son los que muchos los tomamos para disfrutar y aprender más que nunca, para vivir relajados, para seguir los impulsos. Pero muchas personas toman esos momentos ‘sin guerras’ como algo negativo, depresor, en los que está vacía la vida, que les falta algo. No por endurecer mi corazón, pero, como consejo personal, a éstos últimos les digo que no sufran esos momentos, sino que los aprovechen, ya que si se fuerzan a pensar en dos antes que en uno, la cosa no terminará bien a futuro.
Como siempre me voy por las ramas, ¡qué cosa, che! Jaja. Hablaba de los momentos previos a entrar en una guerra inesperada. Resulta que uno está taaaan tranquilo, que tiene ‘la casa en órden’, (como diría un difunto político democrático), y de la nada, a lo lejos, ve que alguien baja la bandera blanca de tregua y empiezan a caer los primeros misiles. Al principio, pese a que estos ataques nos gustan, nos llenan de miedos, nos asustan. El miedo se da porque uno no sabe cómo va a terminar el conflicto, cuánto tiempo durará y si realmente del otro lado se quiere llevar adelante esta guerra o sólo usan balas de fogueo. Pero la guerra empezó, y nuevamente tambaleamos. Por miedo, por placer, por soñar, por deseo o por lo que sea. Pero tambaleamos.
Como en toda guerra, para obtener la victoria debe imperar la estrategia más que la fuerza. En gran parte van de la mano, okey, pero el objetivo principal es utilizar las fuerzas justas en cada momento, sin exponerse mucho, pero tampoco sin atacar. Es decir, que el objetivo principal es plantear la mejor estrategia. Una vez que la tenemos, hay que actuar en base a ella, convencidos que ganaremos la batalla. Pero el tiempo pasa, y uno nota que, del otro lado, el enemigo posee una estrategia igual o más sólida. Que sabe usar mejor las armas que tiene, que sabe esperar los ataques y replegarse de la mejor forma. Que el rival no es ningún improvisado en el tema y, cuando creíamos que éramos líderes en eso de la estrategia, vemos que todavía nos falta mucho por aprender. Y, lo peor de todo, que al ver esta situación, nos dan más ganas de obtener la victoria. Por un deseo personal, claro, pero también porque la guerra ahora tiene otro gusto, otro color: no es un conflicto más, es EL conflicto.
Esperamos, atacamos, nos defendemos, nos alejamos, nos acercamos… Vamos viendo cuál es la mejor opción y la que nos va dando más resultados. Así le damos para adelante, con el objetivo claro. Pero a veces llega un punto donde el objetivo se vuelve difuso, donde ya no tiene tanto gustito como parecía en un principio. Donde uno ve que en la guerra comienza a quedar uno solo batallando, que el rival hace rato ya se replegó. Que el enemigo tuvo un impulso al desatar el conflicto, pero, en realidad, estaba llevando a cabo otra guerra. Quizá más fuerte, quizá ya la haya ganado o haya perdido, pero del otro lado ya no había fuerzas para llevar a cabo una guerra en nuestra contra. Y nosotros, también, nos damos cuenta que fuimos víctima de un impulso. Que nos motivamos creyendo que sería una hermosa batalla, como verdaderamente hacía rato no teníamos. Pero no, en ese punto pisamos el freno y nos damos cuenta que escuchamos 2 o 3 balazos, y fuimos al ataque con todo el arsenal. Que, si del otro lado hubieran venido bien armados, hubiera sido una hermosa guerra. Pero se dio de otra forma: era dispar la batalla.
Y volvemos a la trinchera. Siempre atentos, porque siempre en las retiradas el rival puede aprovecharse de las defensas bajas y realizar un disparo de nuevo. Pero volvemos, y retomamos el periodo entreguerras que tan tranquilos nos mantiene. Guardamos el arsenal y, definitivamente, recuperamos la paz.
Igualmente, les cuento algo (pero que quede entre nosotros): siempre tengo a mano el chaleco antibalas y un arma, porque uno nunca sabe cuándo se va a desatar otra guerra…
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