martes, 8 de junio de 2010

Confianza (repetida)

Es difícil conseguirla. Requiere de mucho tiempo, y se puede perder en un mísero segundo. Sí, lograrla puede tardar meses, quizá años. Y en un simple “tic” de la aguja de un reloj, puede pasar que esa confianza por la que taaaaaanto se luchó, quede en la nada. ¿Cuán difícil nos resulta conseguir la confianza plena de otra persona? ¿Cuán difícil nos resulta confiar plenamente en alguien? Pero confianza en serio, la que nos hace poner las manos y el corazón en el fuego por la otra persona. Confianza que nos haga sentir que si nos desplomamos fuerte ante otra persona, ésta siempre va a estar… y nunca nos va a faltar. Confianza en saber que esa persona jamás hará adrede algo que nos lastime. Confianza para poder poner nuestra vida en manos de la otra persona. Confianza que nos haga confiar.

Pero en un pestañeo, la confianza se puede perder. Puede ser por muchos motivos, acciones o actitudes, pero todos confluyen en una sola razón:
la desilusión. Cuando uno confía, lo hace porque mantiene viva la ilusión de tener siempre al lado a una persona y que nunca nos fallará. Pero, si esa persona nos falla, perdemos la confianza porque, a su vez, perdemos todas las ilusiones que teníamos puestas en ella. Las manos que estaban sobre el fuego, y no quemaban, se empiezan a calentar y comenzamos a sentir el dolor. Y es ahí, en ese segundo en el que se movió la aguja del reloj, cuando nos quemamos las manos. Y, a veces, el corazón.

El tiempo hace que se logre la confianza. Primero, uno ve el fuego y le teme. De a poco va acercándose. Cuando ya el calor del fuego empieza a sentirse, uno estira una sola mano y la pasa por encima. Al no sentir quemazón, la vuelve a pasar, pero esta vez la deja sobre las llamas algunos segundos. “Y no quema, che”, pensamos. Y decidimos acercar unos segundos las dos manos. “Tampoco arde”, volvemos a fantasear. Y ahí es cuando decidimos apoyar las palmas contra las brasas, apretando bien los ojos y la boca, esperando recibir dolor. Y nada. Apretamos los carbones, y las manos se sienten mejor que nunca.
Recién ahí confiamos. Confiamos en que esas brasas nunca quemarán. Confiamos en que, por fin, podemos confiar.

A veces sucede que, al mirarnos las palmas de las manos, vemos quemaduras por todos lados. Notamos la piel chamuscada, cansada ya de recibir carbones calientes. Y ahí no solo se deja de confiar en las personas, sino que uno va más allá:
desconfía hasta de lo intangible, de lo que no vemos ni podemos tocar. Desconfiamos de Dios, de la vida, del cielo… hasta de la luna. ¿Cómo hacemos para perdonar a la luna si una noche nublada no apareció? ¿Hay que esperar otra luna? ¿Hay que esperar otra noche? ¿O hay que tener la confianza que siempre habrá una luna más linda por aparecer? Y volvemos al punto clave: confiar. Esta vez, tenemos que confiar en nosotros mismos. Confiar en que vamos a ser fuertes para esperar la luna nueva que saldrá. Confiar en que ese Dios, esa vida y ese cielo que taaaan en contra nos jugaron, por algo nos lo hicieron. Porque todo pasa por algo.

Pero… ¡qué difícil es volver a confiar! Cuando uno pierde la confianza en una pareja, es instantáneo el sentimiento de creer que no se podrá confiar tanto nuevamente. No podrá confiar ni en la madre Teresa, ni en el Papa, ni en Dios, ni en el cielo, ni en la luna, ni en el amor… Uno no quiere volver a ilusionarse.
Uno no quiere volver a confiar, porque cree que volverá a salir lastimado. Y sí, la verdad que es difícil. Porque después de un hecho así, uno ya va con muchísimos preconceptos y, ante la menor situación de tambaleo, desconfiará y no dejará florecer esa nueva ilusión. Entonces, por miedo a volver a desilusionarnos, no nos ilusionamos. Nos obligamos a creer que fuimos inteligentes al cortar todo rápido, antes de salir lastimados. Nos obligamos a mentirnos, porque el que nació para soñar, va a volver a soñar, va a volver a ilusionarse. ¿Cuesta? Muchísimo. Es de lo más difícil. Recuperar la confianza toma mucho tiempo y buenas acciones. Pero se logra. Se logra teniendo la persona indicada al lado, la que nos muestre que nuestros miedos son del pasado, la que nos haga sentir nuevamente ciegos. La persona que agarró el carbón antes que lo agarremos nosotros, y nos lo dio en la mano, como fiel muestra que no volveríamos a sentir ese ardor, esa terrible quemazón. La persona que nos haga mirar la luna, y nos muestre que está más brillante que nunca. La persona que valore nuestra confianza, y simplemente sea feliz con tenerla

1 comentario: