¿Cómo se puede explicar que una palabra que a simple vista es tan corta y simple, pueda resumir tantos sentimientos, tantas situaciones, tantas acciones? ¿Cómo se puede explicar que una palabra que tantas veces es usada tan en vano, pueda generar y curar enfermedades? ¿Cómo se puede explicar que esa palabra sea la convergencia perfecta de los sentimientos más puros, las convicciones más firmes, las acciones más satisfactorias y los sueños más buscados?
Esas letras todo lo reúnen. Todo. Desde que uno aparece en este mundo, hasta que se va, ese sentimiento lo acompaña segundo a segundo. ¿O acaso alguien puede dudar que, en la mayoría de los casos, el enterarse de un embarazo no es la noticia más feliz para una pareja? ¿O acaso alguien puede dudar que el hecho de generar una nueva vida es el resumen perfecto de esa palabra?. Al nacer, uno no sabe hablar, no piensa, no razona, no sueña, no imagina, no sabe hacer nada… pero si sabemos sentir cosas fuertes por quien nos cuida, nos alimenta y nos mima. No sabemos decir esa palabra, pero la comunicamos de alguna forma. La vida va pasando y hasta el último respiro, eso lo sentimos. Sea por un familiar, por un amigo, por una pareja o hasta por un animal, esa palabra la tenemos presente.
Nos enceguece. Nos tapa los ojos. No podemos ver la realidad. Al sentirlo, uno se deja de lado por completo a sí mismo y, sin importar lo que haga la persona que nos genera este sentimiento, la ponemos por encima de cualquier otra. Como dice antes, hasta por encima de uno mismo. ¿Cuántas historias hemos visto de personas que dejan todo por otras? ¿De cometer hasta la locura más grande con tal de hacer feliz a su pareja?. Sabemos que esa locura no está bien, pero la hacemos igual. Sabemos que es una locura, pero negamos estar locos. Sabemos que hasta podría tomarse como una enfermedad, pero decimos que estamos sanos.
Es el sentimiento más puro que nos pueda llegar a invadir, pero también es el que más desestabiliza a un ser humano. Nos preguntamos mil cosas, no entendemos otras tantas. ‘¿Cómo puede ser que la sonrisa de otra persona cambie mi día?’ ‘¿Cómo puede ser que deje todo de lado cuando a esa persona se le cae una lágrima?’ ‘¿Cómo puede ser que esa persona sea la mejor inspiración para sentarme a escribir?’ ‘¿Por qué, sabiendo que la vida me lleva para un lado, elijo ir para el otro, solamente porque esa persona va para allá?’ ‘¿Cómo puede ser que, aunque este lejos o bien cerca, gran parte del día pienso en esa persona?… Así podría seguir hojas y hojas. Y eso nos desestabiliza. Nos toca el egoísmo que llevamos dentro. Puede ser grande o el más pequeño, pero todos tenemos un poco de ego. ¿Y qué hacemos entonces? ¿Resistimos hasta que pase la tormenta? ¿Pasará la tormenta? ¿Podremos dejar de amar si en nuestra cabeza nos lo proponemos con la mayor convicción? ¿Seguro que podremos? ¿Ganará el sentimiento o el pensamiento? ¿Aprenderemos a bajar la cabeza y a resignarnos con la desdicha y el infortunio desimplemente ser felices?
Todos necesitamos de alguien para vivir. Aristóteles decía que “el hombre no es un ser solitario, necesita de los demás, es un ser social por naturaleza. El hombre es el animal más social de todos por estar dotado de lenguaje(…)”. Y es así… ¿Quién puede dudarlo? ¿Quién conoce a una sola persona que pueda vivir sin contactarse con ninguna otra? No se puede. No es vida. Se necesita de otro para vivir, y ¿hay más lindo que ese sentimiento nazca entre dos personas que fueron criadas de formas distinta, con distintas experiencias en su vida y con diversos matices y golpes, pero con los mismos sueños, ilusiones y esperanzas? Insisto, ese es el sentimiento más puro que puede sentir un ser humano.
¿Hay victorias? ¿Hay derrotas? ¿Están bien llamadas ‘victorias’ y ‘derrotas’, o son experiencias? ¿Por qué nos emocionamos al ver dos ancianos que mantuvieron una relación por 50, 60 o vaya a saber uno qué cantidad de años? ¿Esos ancianos son distintos al común de la gente? ¿Ellos no pasaron por ningún tipo de crisis? Seguro que sí, pero tenían una firme convicción: había que lucharla. Hay momentos en los que uno amará más, hay momentos en los que otro sentirá dudas, y hay momentos en los que los dos formarán cosas nunca antes pensadas. ¿Pero acaso la vida no es así? ¿No odiamos y amamos sin razón a quienes nos trajeron a este mundo? ¿No amamos y odiamos sin razón a las personas a las que le debemos todo, hasta la vida? Puede haber distancias, tiempos y espacios, pero la vida va a volver a poner todo en su lugar, tarde o temprano. Tampoco hay que confiar en el destino si no hacemos nada para que ese destino nos juegue a favor. Siempre se dice que ‘el tren pasa una sola vez’, cosa que es real. Pero a veces, uno no tiene el boleto en ese momento, o no tiene las ganas de sacarlo. Al ver que el tren se empieza a ir, comienza la desesperación y el pensamiento… ‘¡Qué lindo era ese tren!’, ‘¡La pucha! Ese tren iba para el mismo destino que quería ir yo.’, ‘Qué difícil es encontrar un tren que tenga todo lo que quiero, y por tonto lo dejé pasar’, ‘¿Por qué ese tren me hacía ser una mejor persona, con mejor humor y más ganas?’. Hasta que llegamos a pensar ‘¿Pasará un tren que me haga tan feliz? ¿Espero en esta estación o me adelanto para subirme en la próxima? ¿Me dejará subir?’… Y se fue nomás. Y yo me quedé en la estación. Si volverá, nadie lo sabe. Sí, el destino podría saberlo, pero si el destino lo elegimos nosotros… ¿Está en nuestras manos poder subirnos al tren de nuevo?. Y… en gran porcentaje sí. Pero hay una pequeña y remota posibilidad de no poder subir, porque el maquinista no quiere frenar más en esa estación. Pero, si no intentamos subir de nuevo, nunca sabremos lo que pasaría. Capaz ese tren tiene muchos caminos que llegan al mismo destino, unos más cortos y otros más largos. Pero desde abajo no podremos hacer que el maquinista elija el camino que nos parece más eficaz. En cambio, si estamos arriba, podremos dialogar, discutir, pelear y convencer al maquinista de tomar el mejor camino para ambos, para llegar con los tiempos que a los dos nos convenga. Negociaciones habrá miles. Peleas, más todavía. Pero todo será en busca de la felicidad y de un mismo fin. Un fin en común entre el tren y yo.
Entre tantas palabras escritas en los párrafos anteriores (1.121 en total), en ningún momento apareció la palabraamor, o alguna de sus conjugaciones. Pero... ¿Era necesario decirla? ¿Necesitamos mil ciento veintiún palabras para resumir apenas un pequeño porcentaje sobre el significado de ‘amor’? ¿Alguien dudó en algún momento que se hablaba del ‘amor’? ¿Alguien pensó que se hablaba de otra cosa?. En fin, la vida me va demostrando y enseñando que el amor es así: no hace falta decirlo si sabemos demostrarlo.
Esas letras todo lo reúnen. Todo. Desde que uno aparece en este mundo, hasta que se va, ese sentimiento lo acompaña segundo a segundo. ¿O acaso alguien puede dudar que, en la mayoría de los casos, el enterarse de un embarazo no es la noticia más feliz para una pareja? ¿O acaso alguien puede dudar que el hecho de generar una nueva vida es el resumen perfecto de esa palabra?. Al nacer, uno no sabe hablar, no piensa, no razona, no sueña, no imagina, no sabe hacer nada… pero si sabemos sentir cosas fuertes por quien nos cuida, nos alimenta y nos mima. No sabemos decir esa palabra, pero la comunicamos de alguna forma. La vida va pasando y hasta el último respiro, eso lo sentimos. Sea por un familiar, por un amigo, por una pareja o hasta por un animal, esa palabra la tenemos presente.
Nos enceguece. Nos tapa los ojos. No podemos ver la realidad. Al sentirlo, uno se deja de lado por completo a sí mismo y, sin importar lo que haga la persona que nos genera este sentimiento, la ponemos por encima de cualquier otra. Como dice antes, hasta por encima de uno mismo. ¿Cuántas historias hemos visto de personas que dejan todo por otras? ¿De cometer hasta la locura más grande con tal de hacer feliz a su pareja?. Sabemos que esa locura no está bien, pero la hacemos igual. Sabemos que es una locura, pero negamos estar locos. Sabemos que hasta podría tomarse como una enfermedad, pero decimos que estamos sanos.
Es el sentimiento más puro que nos pueda llegar a invadir, pero también es el que más desestabiliza a un ser humano. Nos preguntamos mil cosas, no entendemos otras tantas. ‘¿Cómo puede ser que la sonrisa de otra persona cambie mi día?’ ‘¿Cómo puede ser que deje todo de lado cuando a esa persona se le cae una lágrima?’ ‘¿Cómo puede ser que esa persona sea la mejor inspiración para sentarme a escribir?’ ‘¿Por qué, sabiendo que la vida me lleva para un lado, elijo ir para el otro, solamente porque esa persona va para allá?’ ‘¿Cómo puede ser que, aunque este lejos o bien cerca, gran parte del día pienso en esa persona?… Así podría seguir hojas y hojas. Y eso nos desestabiliza. Nos toca el egoísmo que llevamos dentro. Puede ser grande o el más pequeño, pero todos tenemos un poco de ego. ¿Y qué hacemos entonces? ¿Resistimos hasta que pase la tormenta? ¿Pasará la tormenta? ¿Podremos dejar de amar si en nuestra cabeza nos lo proponemos con la mayor convicción? ¿Seguro que podremos? ¿Ganará el sentimiento o el pensamiento? ¿Aprenderemos a bajar la cabeza y a resignarnos con la desdicha y el infortunio desimplemente ser felices?
Todos necesitamos de alguien para vivir. Aristóteles decía que “el hombre no es un ser solitario, necesita de los demás, es un ser social por naturaleza. El hombre es el animal más social de todos por estar dotado de lenguaje(…)”. Y es así… ¿Quién puede dudarlo? ¿Quién conoce a una sola persona que pueda vivir sin contactarse con ninguna otra? No se puede. No es vida. Se necesita de otro para vivir, y ¿hay más lindo que ese sentimiento nazca entre dos personas que fueron criadas de formas distinta, con distintas experiencias en su vida y con diversos matices y golpes, pero con los mismos sueños, ilusiones y esperanzas? Insisto, ese es el sentimiento más puro que puede sentir un ser humano.
¿Hay victorias? ¿Hay derrotas? ¿Están bien llamadas ‘victorias’ y ‘derrotas’, o son experiencias? ¿Por qué nos emocionamos al ver dos ancianos que mantuvieron una relación por 50, 60 o vaya a saber uno qué cantidad de años? ¿Esos ancianos son distintos al común de la gente? ¿Ellos no pasaron por ningún tipo de crisis? Seguro que sí, pero tenían una firme convicción: había que lucharla. Hay momentos en los que uno amará más, hay momentos en los que otro sentirá dudas, y hay momentos en los que los dos formarán cosas nunca antes pensadas. ¿Pero acaso la vida no es así? ¿No odiamos y amamos sin razón a quienes nos trajeron a este mundo? ¿No amamos y odiamos sin razón a las personas a las que le debemos todo, hasta la vida? Puede haber distancias, tiempos y espacios, pero la vida va a volver a poner todo en su lugar, tarde o temprano. Tampoco hay que confiar en el destino si no hacemos nada para que ese destino nos juegue a favor. Siempre se dice que ‘el tren pasa una sola vez’, cosa que es real. Pero a veces, uno no tiene el boleto en ese momento, o no tiene las ganas de sacarlo. Al ver que el tren se empieza a ir, comienza la desesperación y el pensamiento… ‘¡Qué lindo era ese tren!’, ‘¡La pucha! Ese tren iba para el mismo destino que quería ir yo.’, ‘Qué difícil es encontrar un tren que tenga todo lo que quiero, y por tonto lo dejé pasar’, ‘¿Por qué ese tren me hacía ser una mejor persona, con mejor humor y más ganas?’. Hasta que llegamos a pensar ‘¿Pasará un tren que me haga tan feliz? ¿Espero en esta estación o me adelanto para subirme en la próxima? ¿Me dejará subir?’… Y se fue nomás. Y yo me quedé en la estación. Si volverá, nadie lo sabe. Sí, el destino podría saberlo, pero si el destino lo elegimos nosotros… ¿Está en nuestras manos poder subirnos al tren de nuevo?. Y… en gran porcentaje sí. Pero hay una pequeña y remota posibilidad de no poder subir, porque el maquinista no quiere frenar más en esa estación. Pero, si no intentamos subir de nuevo, nunca sabremos lo que pasaría. Capaz ese tren tiene muchos caminos que llegan al mismo destino, unos más cortos y otros más largos. Pero desde abajo no podremos hacer que el maquinista elija el camino que nos parece más eficaz. En cambio, si estamos arriba, podremos dialogar, discutir, pelear y convencer al maquinista de tomar el mejor camino para ambos, para llegar con los tiempos que a los dos nos convenga. Negociaciones habrá miles. Peleas, más todavía. Pero todo será en busca de la felicidad y de un mismo fin. Un fin en común entre el tren y yo.
Entre tantas palabras escritas en los párrafos anteriores (1.121 en total), en ningún momento apareció la palabraamor, o alguna de sus conjugaciones. Pero... ¿Era necesario decirla? ¿Necesitamos mil ciento veintiún palabras para resumir apenas un pequeño porcentaje sobre el significado de ‘amor’? ¿Alguien dudó en algún momento que se hablaba del ‘amor’? ¿Alguien pensó que se hablaba de otra cosa?. En fin, la vida me va demostrando y enseñando que el amor es así: no hace falta decirlo si sabemos demostrarlo.

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